Mitología en Mallas

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La actual avalancha de películas y series televisivas de gente que vuela y hacen cosas como lanzar rayos y atravesar las paredes a cabezazos parece indicar que aunque no es la primera vez que los superhéroes aparecen en la pantalla, esta vez han venido para matarnos de una sobredosis. Pero ya hubo otra época en que los superhéroes fueron lo más. La explosión del fenómeno de los comic books y el éxito de los superhéroes propició que durante los años 40 del siglo pasado se adaptaran multitud de ellos al formato de serial cinematográfico. Historias divididas en 12 o más episodios que llenaban todos los domingos las matinées de niños dispuestos a dejarse engatusar y maravillar por argumentos simples, interpretados por actores de registro muy limitado y chapuceramente realizados. Más o menos lo mismo que hoy a pesar de venir en un envoltorio mucho más caro y sofisticado.

Mitología posmoderna

Seres extraordinarios de fortalezas y capacidades sobrehumanas han existido desde el nacimiento de la cultura. Desde hace 4.500 años donde en el poema épico Gilgamesh, este héroe mesopotámico persigue la vida eterna a base de hacer el cafre por ahí, pasando por todo el panteón de dioses egipcios, griegos, romanos, o la propia religión católica, todas las culturas tienen sus seres superhumanos capaces de realizar proezas o milagros cumpliendo una función educativa moral, ya que el mito es uno de los medios mediante los que las sociedades describen en lenguaje simbólico los supuestos básicos de su cultura, unficando a la sociedad y dando significado a su existencia.

Así que como no podía ser de otra manera, la moderna cultura capitalista nacida en EEUU en los albores del siglo XX también creó mitos propios que representasen sus valores, y lo hizo en el contexto de la segunda revolución industrial que entre otras cosas, dio pie al nacimiento de un género intrínseco a la edad moderna como es la ciencia ficción, popularizada gracias a la boyante industria editorial de escapismo barato y fantasías imposibles que ofrecían los folletines por entregas y la literatura pulp.

Posteriormente, la creciente importancia de los jóvenes como público consumidor de unos productos con códigos propios y la popularidad alcanzada por las tiras cómicas de los diarios en las décadas precedentes, propiciaron en 1938 el nacimiento del primer superhéroe al tiempo que mito americano por excelencia: Superman, creado por dos hijos de inmigrantes judíos muy concienciados con la escalada de antisemitismo que infectaba Europa y especialmente a Alemania. Paradójicamente Superman tiene muchos puntos en común con el gran héroe de la mitología germánica Sigurd, tal y como se señaló Umberto Eco en su “Apocalípticos e integrados”, pero a fin y al cabo todas las leyendas heroicas repiten patrones narrativos comunes como los identificados por Joseph Campbell en su influyente obra “El Héroe de las 1000 caras”.

Era completamente natural que Superman fuese un éxito inmediato entre los niños norteamericanos de aquella época: Además de volar, ser invulnerable a las balas y vestir con los colores de la bandera, es un inmigrante del espacio exterior en un país de inmigrantes y es la representación gráfica de los propios valores del país; es decir: está dispuesto a defender “la democracia y la libertad” allá donde se vea atacada y es un luchador contra la injusticia (excepto la injusticia social). Así es cómo gran parte del pueblo norteamericano percibe su país, y es un mantra que se repite incansablemente una y otra vez en la gran mayoría de las ficciones de acción que ha producido Hollywood a lo largo de su historia.

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Superman sorprendido de su propio éxito.

Superhéroes en serie

Tras el tremendo éxito del personaje, vino lo que pudiera parecer toda una fiesta de pijamas. Cientos de personajes en coloridas mallas trataron de hacerse su hueco en el mercado editorial a puñetazo limpio (algunos de ellos logrando mantenerse en activo hasta el día de hoy). Como era de esperar, esto interesó inmediatamente a algunos estudios cinematográficos como Republic Pictures, Columbia y Universal, que se dispusieron a fagocitar el fenómeno adaptando algunos de los títulos más populares en forma de seriales de 13 0 15 episodios que se proyectaban a razón de uno por semana como complemento de un largometraje.

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No sólo los había de superhéroes, otros cómics también tuvieron su versión serial como Dick Tracy, The Phantom, Flash Gordon o el explorador de tierras misteriosas Congo Bill, a la vez que abundaban los westerns o los de misterio.

Aunque el formato serial era ya de sobras conocido por el público que ya había podido disfrutar de las aventuras de varios héroes enmascarados luchadores contra el crimen, el primer superhéroe propiamente dicho en llegar fue el Capitán Marvel con “Las aventuras del Capitán Marvel”(1941) adaptación de los divertidos y tremendamente bien dibujados comics de C.C.Beck. Le siguieron Batman con dos seriales “Batman” (1943) y “Batman y Robin” (1949), y “Capitán América” (1943). Curiosamente el superhéroe más popular, Superman, tuvo que esperar a 1948 y 1950 para aparecer en pantalla encarnado por un actor ya que los derechos para la pantalla estaban en manos de la Paramount que estaba teniendo un gran éxito con su serie de animación dirigida por los hermanos Fleischer.

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(Foto de Spy Smasher) Batman, Capitán América o Superman no fueron los únicos superhéroes adaptados al formato serial, pero son los que a día de hoy nos siguen sonando... ¿O es que alguien se acuerda de Spy Smasher?

Como estos seriales eran “cosas de niños” y si acaso cosa de público con poca formación y mentalidad infantiloide, un público considerado por los productores como de segunda y con poco criterio, así que las condiciones de producción eran realmente lamentables. Se realizaban con presupuestos mínimos, utilizando atrezzo sobrante de otras películas, guiones escritos sobre la marcha y rodando lo más rápido posible con los actores más baratos del estudio. Como no podía ser de otra manera, los productos resultantes no son precisamente obras mayores del 7º arte aunque el tiempo las haya hecho tremendamente divertidas, pero en su día y para su público eran una fuente de fantasía, al mismo nivel como lo es para el nuestro el universo cinematográfico Marvel, la saga de Harry Potter o Star Wars. Los críos iban al cine a flipar, a recibir su ración de ficción con testosterona en la que frente al mundo injusto y violento en el que vivimos, los problemas pueden solucionarse por la misma vía gracias a la intermediación de un personaje heróico que cumple una función metafórica. Exactamente lo mismo que hoy, solo que la mitología se ha vuelto algo más compleja y el target está más crecidito.

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El cosplay de antes se llamaba disfraces, y daban miedo.

El serial de la Republic de 1940 “Las aventuras del Capitán Marvel” es probablemente el mejor de todos los producidos. Aunque el tono cartoon de comic fue modificado por otro más realista y violento y el guión no se basó en ninguna de las historias publicadas, la adaptación fue un gran éxito. En él, una expedición arqueológica encuentra un pequeño ídolo en forma de escorpión con 5 lentes y sufre el asalto de unos esbirros bajo las órdenes de un supervillano llamado Scorpion. Los esbirros provocan una explosión y el protagonista queda atrapado en una cripta donde se le aparece un ancianísimo mago llamado Shazam que le confiere, en un gesto lleno de egocentrismo, el poder de invocar al Capitán Marvel al pronunciar la palabra “Shazam”. Tras esto viene una ración de acción a raudales: los sabios de la expedición se van cada uno por su lado con una lente cada uno, hay una erupción volcánica y un ataque de unos nativos cabreados que son masacrados por el Capitán Marvel. Los siguientes 11 capítulos giran entorno a Scorpion tratando de recuperar las 5 lentes que le conferirán el poder total para dominar el mundo mientras trata de matar a todo el elenco del serial utilizando guillotinas, metralletas, bombas y un láser entre otras malévolas ocurrencias.

El formato serial ya era un invento antiguo

El primero conocido es uno alemán de 1910 que contaba el enfrentamiento entre Fantomas y Sherlock Holmes en el que la malévola mente criminal creada por Gaston Lerroux se encontraba con la horma de su zapato. De hecho no solo el formato de serial ya estaba más que inventado, si no que el concepto “luchador enmascarado contra el crimen” tampoco era la primera vez que aparecía en pantalla. “Judex”, un serial francés de 1916 fue precursor de personajes como “The Shadow” o “Batman”, por eso de que el protagonista se dedica a combatir el mal ataviado con un sombrero negro de ala ancha para ocultar su rostro, y una elegante capa que debía coger mucho polvo en la especie de Batcueva llena de cachivaches que tenía en los sótanos de un castillo abandonado.

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(Imégenes del serial) No sé a ustedes, pero a mí esto me parece simple y llanamente la versión “pura” y sin disfrazar de lo que nos ofrecen ahora.

Comparando este serial con las actuales cintas de superhéroes nos encontramos con bastantes puntos en común. Comenzamos con la habitual parte inicial en la que se muestra el origen del superpoder, que en el caso de Capitán Marvel es bastante más disfrutable que todas las explicaciones pseudocientíficas que tienen que inventarse los guionistas del Hollywood de hoy día.

Tras esta parte introductoria viene el nudo, donde Scorpion trata de reunir todas las lentes que unidas al ídolo le conferirán poder total. Esa motivación, y la estructura de superación por etapas con los típicos cliffhangers y giros de guión, son monótonamente parecidas al argumento de muchas de las actuales producciones como la búsqueda de las Gemas del Infinito de Thanos en Avengers, y a otras miles de historias que siguen el patrón común de “la búsqueda del héroe” que la humanidad lleva contando desde los tiempos de Maricastaña. En cuanto a lo de que al héroe se lo traten de cargar con metralletas y bombas y láseres, pues también más de lo mismo.

La influencia entre los comicbooks y los seriales era recíproca

La Batcueva y otros elementos aparecieron por primera vez en el serial de la Columbia “Batman” incorporándose rápidamente al cómic. Además la editorial decidió cambiar el aspecto de Alfred para adecuarlo al físico del actor William Austins que lo había interpretado en la pantalla.

¿Por qué necesitamos historias que nos reconforten y nos digan que hay un poder superior que vigila por nosotros?

Según el historiador de las religiones Mircea Eliade “símbolo, mito, imagen, pertenecen a la sustancia de la vida espiritual, y pueden degradarse, camuflarse, mutilarse, pero jamás extirparse”.

Es cierto que los personajes de hoy no son tan bidimensionales como en los años 40, aunque sí que están fuertemente estereotipados y el papel que cumplen en unas historias arquetípicas y repetitivas es exactamente el mismo que en aquellos viejos seriales. También es cierto que los espectadores de hoy exigen algo más que un señor gordito en mallas repartiendo trompadas a unos secuaces de opereta mientras la chica de turno está atada a una trampa mortal, pero si somos capaces de mirar la esencia de las historias, obviando los efectos especiales e imágenes imposibles montadas como si la mesa de edición fuese una picadora, nos daremos cuenta de que muy poco ha cambiado en 80 años.

Lo sorprendente no es que se sigan contando una y otra vez las mismas historias, si no qué es lo que ha ocurrido para que las ficciones de corte mitológico destinadas hace décadas para el adoctrinamiento infantil se hayan convertido en uno de los principales nichos de consumo de ocio y referente cultural del público adulto actual.

Evidentemente esto no es un fenómeno aislado, aunque sí muy significativo, del posible proceso de infantilización que está viviendo nuestra sociedad y del que tanto hablan los agoreros, aunque viendo cómo el periodo de la infancia se ha ido acortando progresivamente y el de la adolescencia alargando hasta bien entrada la edad adulta, quizá deberíamos decir que la sociedad se está adolescentizando, a pesar de que sea un palabro feísimo.

En cualquier caso, si la respuesta es que en efecto nos hemos adolescentizado, la causa no hay que buscarla ni en los comics, los videojuegos o los actuales blockbusters. La relevancia cultural que han adquirido no es si no uno de los síntomas del cambio del sistema de valores de una sociedad que ha sublimado la juventud y que se niega a envejecer, mientras se debate en medio de una época de cambio e incertidumbre.

La muerte de los seriales

La edad de oro de los seriales se dio entre 1935 y 1950, cuando la televisión vivió su despegue como medio pasando en poco años a ser un electrodoméstico de consumo masivo y que hizo que la audiencia de los cines descendiese notablemente, por lo que los productores apostaron por realizar películas más lujosas, más espectaculares, en Cinemascope, que ofrecieran algo al público que este no podía encontrar en la pequeña pantalla debido alas limitaciones técnicas de la época.

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El peterpanismo puede resultar divertido un rato, pero a la larga, cansa.

Los primeros espectadores encontraron en el cine magia y asombro, los de la posguerra atestaron las salas para ver amables musicales que les hicieran olvidar tanto horror y muerte, los de los 60 y 70 buscaron historias que cuestionasen el mundo en el que vivían. Los humanos que conforman el público de comienzos del siglo XXI parecen necesitar de Dioses que les defiendan y les muestren el camino. Desgraciadamente esos dioses están en manos no ya de guionistas y directores mediocres, ni siquiera de productores más preocupados por el dinero que el arte, si no que pertenecen a corporaciones gigantescas con intereses en prácticamente todas las áreas de la economía y por lo tanto nuestras vidas. El espectáculo mercadotécnico del Hollywood actual está completamente en sintonía con el espíritu que domina actualmente nuestra sociedad que algunos llaman de la información pero que Guy Debord denominó muy acertadamente “sociedad del espectáculo” aunque le faltó añadir “pirotécnico”.

Y su “renacimiento”

Es curioso que películas como Star Wars (1977) o Superman (1978) o En Busca del Arca Perdida (1981) sean el germen del actual Hollywood de las franquicias. Al fin y al cabo no son si no revisiones de los seriales que veían sus directores de niños adaptadas para el público adulto de la época. En definitiva, un ejercicio de recreación basado en la nostalgia de la generación que se crió viéndolos semana tras semana.